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Café y fresas

Cientos de historias pasaron inadvertidas para él en los últimos meses. Ahora las busca para hacer justicia. Fueron indultadas, y por tanto no llegaron al imaginario de nadie más. Quizá las contó a sus conocidos como un comentario trivial para matar el silencio, pero ignoró que su veredicto pudiera ser contraproducente. A última hora, hay un ritual recurrente que se nutre precisamente en lo cotidiano de las circunstancias más especiales. ¿Cómo revivir lo pasado y encajarlo en un puzle?

CRÓNICA | Juan C. Romero. Un gran vaso con restos de café sobre la mesa del salón despejaba las dudas de una noche  larga. Está frío. Por él pasaron las horas de desdicha y el peso de una conciencia que se prometía endulzarlo  y a punto estuvo, blanca y rota en mil pedazos, de quedarse en el intento. Tantas veces empezó a ordenar letras y palabras para lanzarlas directas al vacío con tan sólo un click que, llegado el momento,  podría sentirse  un homicida del verso, incapaz de resolver el laberíntico mapa de su crónica.

Junto al café unas fresas brillaban fogosas como un oasis en el desierto, y mudo, espacio donde las ideas juegan a las escondidas. Claman intermitentes ser el dulce contrapunto al festivo momento de una pausa. Las mira con el pulso acelerado, deseándolas. Se arma de valor para retomar la escritura pensando en el crujiente bocado capaz de saciar su angustia. Recuerda cómo meses atrás un autobús desbocado quiso ser el primero en su especie en escalar hasta lo más alto de un árbol en Colonia de Sacramento. No lo consiguió. Nadie le alertó de que su peso arrasaría con los brotes verdes que coronaban el tronco, y terminarían perdiendo los dos. A pesar de ello, valiente, no cedió en su empeño. Su fiasco llamó la atención de los curiosos aunque, salvo la aseguradora, nadie tomó nota. Era el momento de fijarlo, y reconocer el valor de aquel colectivo.

La cafeína del elixir que le mantiene despierto hace estragos, patrocina movimientos espasmódicos a lo largo del cuerpo del escritor mientras de su cabeza salen chispas verbales. Bajo los efectos de esta droga que ha teñido  de negro su estómago pasa el instante en que se supo frágil por primera vez. En efecto, cuando era niño paseaba con más seguridad en la ignorancia de las amenazas. Libre de miedos. Ahora  la seguridad es cosa de decenas de guardas que vagan por pasillos y escaleras, y de unos panópticos ladrones de almas. Es probable que siguiendo a Foucault no haya nadie fisgoneando su quehacer académico al otro lado de una pantalla, pero su sola presencia en una universidad le sorprende, le irrita y le intimida. Aunque en su mente los temores se independizan de lo tangible.

Del silencio de la biblioteca universitaria pasa al sobresalto. Una bomba musical estalla en la calle al paso de un coche. Sus palpitaciones suenan entre las cuatro paredes que lo encierran. Mira desconcertado a un lado y a otro. No sabe en qué momento exacto cedió al ensueño de un canto de sirenas. En la inconsciencia de una eterna madrugada debieron tomar forma sus ideas. Los primeros rayos del sol le avisan: es el momento de irse a la cama. Sobre la mesa un vaso con posos y los sépalos de unas fresas cumplieron su objetivo.

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Juan Carlos Romero

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