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Wall Street 2; Muerte programada (***)

Crítica. Gordon Gekko vuelve a las andadas pero la frescura y la garra parecen perdidas. Sin embargo, el plato que nos sirve Oliver Stone resulta un interesante divertimento para una tarde lluviosa de cine.

 

Antonio Sánchez-Marrón. «Muerte programada». Así es como define Gordon Gekko el momento económico que vivimos: la especulación. Las ideas de Gekko han cambiado en el tiempo en que ha estado entre rejas. La economía de los años 80 parecía honesta, honrada y sincera comparada con las mismas «cabezas pensantes» que gobiernan nuestras cuentas corrientes hoy en día.

Si nos paramos a pensar en esta secuela del clásico Wall Street de 1987, es inevitable pensar en la resurreción del personaje que le valió el reconocimiento de por vida a Michael Douglas. Gordon Gekko vuelve, pero no por sus fueros. Conserva sus ideas pero los tiempos han cambiado. También la gente que le rodeaba ha desaparecido y debe preocuparse por salvar lo que queda de su familia, su airada hija prometida con Jake, el personaje que recrea Shia LaBeouf con decencia pero sin llegar a tener la garra y la fuerza que transmitió Charlie Sheen en la precuela.

Si en aquella época eran los tabloides y la televisión los encargados de mantener al tanto a los economistas de la Bolsa, ahora entramos en el avanzado y complejo mundo de Internet mientras Gekko da una conferencia y se vende a sí mismo y sus ideas en un libro de esos que están tan de moda ahora, donde un «hombre de su tiempo» tiene la potestad para expresar lo que desee sobre cualquier tema sin que nadie ose llevarle la contraria.

Si Oliver Stone centró su guión magistralmente en 1987 en una trama explosiva acerca de la economía sin necesidad de tener ni idea de ese mundo para seguir el metraje, ahora sacrifica la historia en favor del personaje de LaBeouf, omnipresente en toda la película. Gekko ya no es el que era y, cuando llevas 40 minutos de película, te comienzas a preguntar si se trata de una secuela innecesaria. Ya teníamos todo lo que queríamos saber desde 1987 y esta película sólo ha servido para recordarnos que Michael Douglas sigue en la cresta de la ola, a pesar de estar pasándolo mal debido a su cáncer de garganta y que cada aparición suya constituye un tesoro escénico para la trama, o que hay vida tras la hecatombe de Indiana Jones y el Reino de la Calavera de Cristal para Shia LaBeouf.

Buenas apariciones secundarias como la de la Susan Sarandon, la cual parece haber hecho un pacto con el diablo ya que a sus 64 años luce una apariencia realmente envidiable; Carey Mulligan, en el papel de abnegada hija de Gekko que resuelve de manera elegante, la aparición de Oliver Stone en un cameo; un Frank Langella, que simplemente se limita a hacer su trabajo; Josh Brolin, en el papel que parece heredero directo del malvado Gekko de hace 23 años e incluso la sorpresa del metraje, un Charlie Sheen que emociona ya que, por un momento, crees que la trama volverá por los derroteros de la original. Pura ilusión óptica.

Lo realmente chocante es el uso de la edición que hace Stone, un gran narrador del cine actual, todo hay que reconocerlo. Para su envidiable carrera, es impensable que pueda utilizar recursos que se usan en las facultades de audiovisuales para enseñar a los alumnos (pantallas partidas, fundidos sobrepuestos y demás efectos que restan algo de calidad técnica a la película).

Me piden una opinión que resuma la película. Les diré simplemente que resulta interesante. No se engañe por el cartel que nos han preparado desde la productora. El apadrinamiento sugerido en el poster no tiene nada que ver con el contenido de la trama. Se insinúa, pero nunca llega a ser palpable. No alcanza el nivel de su predecesora, pero su título no miente. Es cierto que en Wall Street 2 el dinero nunca duerme. Lo comprobará desde el primer minuto. Si el título es sincero, la película no va a ser menos. No es una película apasionante, pero si busca una historia de «tiburones de las finanzas», esta es su película.

Eso si, le advierto que aquellos tiburones se han convertido en boquerones.

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