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Niños Grandes o el divertido encuentro con la juventud perdida

Crítica. Adam Sandler y su séquito de colegas protagonizan esta bobalicona comedia veraniega idónea para las cálidas noches de asueto, en la que un grupo de amigos se reencuentran 30 años después y deciden pasar un fin de semana en la casa del lago.

Jesús Benabat. Vale, Niños Grandes puede que no sea la mejor elección para pasar uno de los últimos domingos del verano, sin embargo, si a la película añadimos una noche fresca y aromatizada por la dama de noche en un encantador cine de verano de un pueblo cordobés, el plan va adquiriendo forma e incluso cierta sensación de apacible despreocupación. Y es que con Septiembre comienzan los estudios (o el trabajo, según el caso) con su rutinario ritmo de actividad incesante que nos absorbe como aprendices de ocupados hombres de negocios, ignorando la conveniente extensión del día para realizar cualquier actividad, incluída ver muchas películas.

Así pues, ahora que el tiempo nos sobra y nuestro cuerpo ha entrado en un estado perpetuo de relajación veraniega, ver una película como Niños Grandes puede suponer una despedida idónea para una temporada estival que, infelizmente, toca a su fin. Eso mismo pensarían Adam Sandler y su troupe cuando les propusieron realizar una película concebida como una vacaciones cinematográficas entre amigos donde dar rienda suelta a los tics cómicos de cada uno sin temer hacer demasiado el ridículo. El argumento no es un problema, ni siquiera la dirección de un gran conocedor del género y de la mayor parte del elenco, Dennis Dugan (Un papá genial, Los calientabanquillos, Zohan:licencia para peinar); Niños Grandes es todo un ejercicio de nihilismo cazurro al servicio del stablishment cómico hollywoodiense con tal falta de pretensiones que llega a empatizar con la pereza del espectador para un discurso fílmico más elevado.

Y en esta realidad es donde encuentra la película de Dugan su mayor aliado, en el simple divertimento del personal. La premisa; la muerte del entrenador de baloncesto del grupo. Aprovechando la ocasión del funeral, donde se reúnen los cinco tras treinta años sin verse, deciden alquilar una casa en el lago para pasar un fin de semana juntos con sus respectivas familias, ponerse al día de sus vidas y, en fin, rememorar los tiempos en los que, con 12 años, el mundo se presentaba como una excitante oportunidad de hacer gamberradas.

Adam Sandler, probablemente uno de los cómicos más influyentes de Estados Unidos con un talento más que discutible, produce esta cinta realizada para su propio lucimiento en la que, no obstante, se rodea de buena parte de sus colegas en la vida real. El primero de ellos, Kevin James, un actor maduro de gran talento descubierto en 2005 en Hitch, donde compartía pantalla con Will Smith, y que coprotagonizaría con el propio Sandler Os declaro marido y marido en 2007, es padre de una niña con sobrepeso algo rebelde y un niño que con cuatro años aún mama de la teta de su complaciente madre (Maria Bello), causando el impacto de sus antiguos compañeros. Tampoco podían faltar Rob Schneider, ese bajito histriónico descubierto en Gigoló y visto en varias ocasiones junto a Sandler (Un papá genial, 50 primeras citas), aquí en el rol de chamán enamorado de un mujer de más de 60 años; o Chris Rock, el estresantemente verborreico afroamericano algo descolocado en esta película; además de David Spade (el inolvidable Joe Guarro) como el solterrón borracho y algo salido. En el apartado femenino, Salma Hayek se preocupa de aglutinar las miradas del público masculino con modelitos de escote de vértigo y subtramas sin lugar alguna en el desarrollo de la película.

Así pues, diversión moderada aunque cómplice, especialmente para el público masculino, que reivindica ciertos valores en peligro como la amistad, tratada con la nostalgia de una generación de niños que pasaban las horas en la calle, haciendo travesuras y forjando batallitas que nunca se olvidan. En contraposición, una nueva juventud abstraída por la televisión, internet y las videoconsolas que miran la naturaleza como un entorno hostil y aburrido. Los Niños Grandes de Sandler se lo pasan en grande y parte de esa diversión traspasa la pantalla y hace que nosotros, en una cálida noche de verano, nos ríamos sin mayores preocupaciones que evitar que los mosquitos no acaben con toda nuestra sangre.

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Jesús Benabat

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