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Manhattan; El placer de escuchar a ese neurótico mordaz…

En esta oda a la ciudad que lo vio crecer, Woody Allen confecciona una de sus obras más personales, ingeniosas y tiernas. Manhattan es una película que no debe perderse ningún aficionado al cine del genio neoyorkino.

Jesús Benabat. Son ya un número considerable las películas de Woody Allen que he tenido la grácil oportunidad de disfrutar, y a medida que estas se van cruzando en mi experiencia vital, siento cómo, progresivamente y de forma inconsciente, he ido entablando una extraña relación con este sujeto hilarante y verborreico.
La sensación que me invade supongo que es algo parecido a la complicidad; no puedo dejar de escuchar un instante cada uno de sus diálogos grotescos y geniales o maravillarme con su sutil forma de crear escenarios románticos y melancólicos, probablemente porque me identifico o, al menos, entiendo aquello que Woody quiere transmitir en cada una de sus películas, aunque esto último pueda parecer misión imposible. Una suerte de conexión íntima, en fin, que suscita un placer infinito con tan solo visionar alguna de sus obras, fenómeno que, con la mayor seguridad, no sólo me ocurre a mí.
Manhattan es una de esas obras canónicas que todo buen conocedor de Woody Allen debe mencionar como insoslayable referencia de su carrera. Concebida como un emotivo y lírico canto a la ciudad que lo vio nacer y  que le sirvió como escenario de excepción de buena parte de sus películas, Manhattan ahonda en el complejo mundo de las relaciones sentimentales, tal y como comenzó a prodigar dos años antes en Annie Hall  y en contraposición a sus primeras comedias, aunque en esta ocasión la disfuncionalidad del alter ego de Allen en torno a los asuntos del amor es de tal calado que sus relaciones estarán condenadas irremediablemente al fracaso.
Ni siquiera Diane Keaton, la dulce Annie Hall que logró encandilar a Alvy Singer, estará en condiciones de domeñar al neurótico y cáustico Isaac Davis, ya que son sus propios tics y su afán de superioridad (los de su personaje, Mary) los que supondrán un insalvable obstáculo para el amor entre ambos.
Sin lugar a dudas, Isaac Davis tenía razones para encontrarse en una situación algo inestable; abandonado por su mujer (Meryl Streep), la cual había descubierto que era lesbiana y prepara ahora un libro sobre las frustraciones sexuales de su relación heterosexual, Isaac inicia un romance con una chica de 17 años (Mariel Hemingway) que sabe no lleva a ningún lugar, al tiempo que se siente atraído por la amante de su mejor amigo (Michael Murphy), a la que este abandona por su esposa. Así pues, Mary encuentra en su antítesis intelectual el refugio necesario para soportar la pérdida, aunque este fuese completamente ficticio.
Una trama compleja al servicio de una mordaz sátira de la clase intelectual neoyorkina, atrincherada en su superioridad moral y corroída por la inseguridad de sus disquisiciones internas, en la que, paradójicamente, es la joven novia de Allen la que mayor madurez sentimental y coherencia en sus actos muestra a lo largo de la película, a pesar de que éste no desista en repetir una y otra vez lo inexperta que es y toda la vida que aún le queda por vivir.
Manhattan puede que sea una de las películas de Allen que atesore una mayor cantidad de monólogos ingeniosos, frases para anotar y momentos disparatados; desde ese apabullante comienzo con la ciudad de Manhattan como protagonista y la voz en off de su amante ciudadano recitando sus bondades, hasta los enfrentamientos intelectuales de Isaac y Mary en torno al cine y la televisión (esos “rayos gamma que se comen el cerebro” de una generación de drogadictos), pasando por las paternalistas conversaciones con la joven Tracy (para la que él sólo era “un desvío en la autopista de la vida”).
Woody Allen firma aquí una de sus mejores películas, puesto que Manhattan nace del corazón del genio. La cámara destila poesía en cada uno de los planos de la ciudad, sus diálogos alcanzan la originalidad de sus mejores trabajos, el elenco de actores que lo rodea es sencillamente espectacular. Multitud de razones para hacer de esta película una recomendación imprescindible en esta particular filmoteca virtual en torno a ese mordaz y neurótico personaje que consigue el embelesamiento placentero de este servidor en algo más de hora y media.

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Jesús Benabat

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