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Cultura

La necesaria despedida del ogro verde (*)

La última entrega de la saga Shrek prolonga el colapso creativo de su predecesora con un argumento vacío y tedioso, gags repetitivos y una estética demasiado oscura.

Jesús Benabat. Es un hecho consumado que cuando los tiburones de Hollywood, esas eminencias grises que controlan el dinero y las ideas que mueven el cine aunque sólo sean expertos en el primer elemento, focalizan su punto de mira en un producto de éxito auspiciado por cierta creatividad y espíritu transgresor, el desarrollo del mismo, una vez absorbido por el poder burocrático del entretenimiento financiero, tiende a un declive manifiesto, una crisis preocupante de nuevos recursos y una homogeneización evidente de su planteamiento.

El caso de la saga Shrek es un ejemplo paradigmático de cómo dar al traste con una idea inicial de incuestionable valor innovador e inteligente dentro del cine para niños y mayores, para finalizar con un producto de consumo repetitivo, sin gracia y vacío en todos los ámbitos. La primera entrega de las aventuras del ogro verde en el año 2001 supuso una bocanada de aire fresco al género de animación, una vuelta de tuerca que rompía con los apacibles y sentimentales argumentos de la tradicional Disney e iniciaba una tendencia al cinismo y la parodia con el objeto de atraer al público adulto. Además, el éxito de Dreamworks ponía en jaque la hegemonía de la factoría Pixar, forjadora misma del género gracias a Toy Story  y secuela (1995, 1999), Bichos (1998) o Monstruos S.A. (2001).

Basado en la apabullante recaudación y el aplauso unánime de la crítica internacional, los creadores del anti-héroe cascarrabias fueron instados a alargar la historia y dar rienda suelta a su más descabellada imaginación. Si bien la segunda entrega funcionó tanto en taquilla como entre la crítica, aunque los primeros síntomas de risas forzadas y situaciones estándar comenzaron a aparecer, la tercera entrega representó el colapso creativo de la saga. El argumento era cansino, predecible y absurdo; la esencia de la obra primigenia se había perdido en favor del enriquecimiento desmedido de los productores, verdaderos triunfadores de todo el asunto.

Bajo el anuncio de ser el capítulo final, Shrek felices para siempre intenta recuperar la senda de la comicidad perdida poniendo patas arriba todo el mundo que Shrek y sus amigos construyeron en las entregas precedentes, en virtud del contrato que el primero firma con el maquiavélico Rumpelstiltskin, una especie de Napoleón de medio pelo, quien lo engaña deformando el país de Muy Muy Lejano, gobernado ahora despóticamente por él mismo. Sin embargo, la misión más ardua de Shrek será reconquistar a Fiona, líder de la resistencia de los ogros, quien no recuerda su relación con su amado y ni siquiera tienen hijos.

La crisis de madurez que vive Shrek en esta nueva película, asfixiado por su labor como padre, marido y hombre para todo en la casa, prometía ser una interesante vuelta de tuerca al devenir de la historia, sin embargo, las promesas se quedan en eso, en vanas esperanzas de un mero atisbo de creatividad o inteligencia. La película es tediosa, no aporta absolutamente nada nuevo a la saga y los personajes, desgastados en su propio éxito, se esfuerzan en repetir los gags y tics consabidos que tantas risas suscitaron hace años pero que hoy suenan forzadas y prescindibles. Por otro lado, la acción se desarrolla enteramente en una penumbra incomprensible teniendo presente las enormes posibilidades técnicas del 3D y el IMAX, que puede hacer algo más inaccesible la cinta al público joven, perdido en colores apagados y aventuras poco trepidantes.

Desgraciadamente, el broche final de la saga ha confirmado la regla que apuntábamos al comienzo de esta crítica; cuando el éxito hace acudir a los hombres de los maletines, la creatividad difícilmente puede salir indemne.

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JesúsJesús Benabat. Es un hecho consumado que cuando los tiburones de Hollywood, esas eminencias grises que controlan el dinero y las ideas que mueven el cine aunque sólo sean expertos en el primer elemento, focalizan su punto de mira en un producto de éxito auspiciado por cierta creatividad y espíritu transgresor, el desarrollo del mismo, una vez absorbido por el poder burocrático del entretenimiento financiero, tiende a un declive manifiesto, una crisis preocupante de nuevos recursos y una homogeneización evidente de su planteamiento.
El caso de la saga Shrek es un ejemplo paradigmático de cómo dar al traste con una idea inicial de incuestionable valor innovador e inteligente dentro del cine para niños y mayores, para finalizar con un producto de consumo repetitivo, sin gracia y vacío en todos los ámbitos. La primera entrega de las aventuras del ogro verde en el año 2001 supuso una bocanada de aire fresco al género de animación, una vuelta de tuerca que rompía con los apacibles y sentimentales argumentos de la tradicional Disney e iniciaba una tendencia al cinismo y la parodia con el objeto de atraer al público adulto. Además, el éxito de Dreamworks ponía en jaque la hegemonía de la factoría Pixar, forjadora misma del género gracias a Toy Story  y secuela (1995, 1999), Bichos (1998) o Monstruos S.A. (2001).
Basado en la apabullante recaudación y el aplauso unánime de la crítica internacional, los creadores del anti-héroe cascarrabias fueron instados a alargar la historia y dar rienda suelta a su más descabellada imaginación. Si bien la segunda entrega funcionó tanto en taquilla como entre la crítica, aunque los primeros síntomas de risas forzadas y situaciones estándar comenzaron a aparecer, la tercera entrega representó el colapso creativo de la saga. El argumento era cansino, predecible y absurdo; la esencia de la obra primigenia se había perdido en favor del enriquecimiento desmedido de los productores, verdaderos triunfadores de todo el asunto.
Bajo el anuncio de ser el capítulo final, Shrek felices para siempre intenta recuperar la senda de la comicidad perdida poniendo patas arriba todo el mundo que Shrek y sus amigos construyeron en las entregas precedentes, en virtud del contrato que el primero firma con el maquiavélico Rumpelstiltskin, una especie de Napoleón de medio pelo, quien lo engaña deformando el país de Muy Muy Lejano, gobernado ahora despóticamente por él mismo. Sin embargo, la misión más ardua de Shrek será reconquistar a Fiona, líder de la resistencia de los ogros, quien no recuerda su relación con su amado y ni siquiera tienen hijos.
La crisis de madurez que vive Shrek en esta nueva película, asfixiado por su labor como padre, marido y hombre para todo en la casa, prometía ser una interesante vuelta de tuerca al devenir de la historia, sin embargo, las promesas se quedan en eso, en vanas esperanzas de un mero atisbo de creatividad o inteligencia. La película es tediosa, no aporta absolutamente nada nuevo a la saga y los personajes, desgastados en su propio éxito, se esfuerzan en repetir los gags y tics consabidos que tantas risas suscitaron hace años pero que hoy suenan forzadas y prescindibles. Por otro lado, la acción se desarrolla enteramente en una penumbra incomprensible teniendo presente las enormes posibilidades técnicas del 3D y el IMAX, que puede hacer algo más inaccesible la cinta al público joven, perdido en colores apagados y aventuras poco trepidantes.
Desgraciadamente, el broche final de la saga ha confirmado la regla que apuntábamos al comienzo de esta crítica; cuando el éxito hace acudir a los hombres de los maletines, la creatividad difícilmente puede salir indemne. Benabat. Es un hecho consumado que cuando los tiburones de Hollywood, esas eminencias grises que controlan el dinero y las ideas que mueven el cine aunque sólo sean expertos en el primer elemento, focalizan su punto de mira en un producto de éxito auspiciado por cierta creatividad y espíritu transgresor, el desarrollo del mismo, una vez absorbido por el poder burocrático del entretenimiento financiero, tiende a un declive manifiesto, una crisis preocupante de nuevos recursos y una homogeneización evidente de su planteamiento.
El caso de la saga Shrek es un ejemplo paradigmático de cómo dar al traste con una idea inicial de incuestionable valor innovador e inteligente dentro del cine para niños y mayores, para finalizar con un producto de consumo repetitivo, sin gracia y vacío en todos los ámbitos. La primera entrega de las aventuras del ogro verde en el año 2001 supuso una bocanada de aire fresco al género de animación, una vuelta de tuerca que rompía con los apacibles y sentimentales argumentos de la tradicional Disney e iniciaba una tendencia al cinismo y la parodia con el objeto de atraer al público adulto. Además, el éxito de Dreamworks ponía en jaque la hegemonía de la factoría Pixar, forjadora misma del género gracias a Toy Story  y secuela (1995, 1999), Bichos (1998) o Monstruos S.A. (2001).
Basado en la apabullante recaudación y el aplauso unánime de la crítica internacional, los creadores del anti-héroe cascarrabias fueron instados a alargar la historia y dar rienda suelta a su más descabellada imaginación. Si bien la segunda entrega funcionó tanto en taquilla como entre la crítica, aunque los primeros síntomas de risas forzadas y situaciones estándar comenzaron a aparecer, la tercera entrega representó el colapso creativo de la saga. El argumento era cansino, predecible y absurdo; la esencia de la obra primigenia se había perdido en favor del enriquecimiento desmedido de los productores, verdaderos triunfadores de todo el asunto.
Bajo el anuncio de ser el capítulo final, Shrek felices para siempre intenta recuperar la senda de la comicidad perdida poniendo patas arriba todo el mundo que Shrek y sus amigos construyeron en las entregas precedentes, en virtud del contrato que el primero firma con el maquiavélico Rumpelstiltskin, una especie de Napoleón de medio pelo, quien lo engaña deformando el país de Muy Muy Lejano, gobernado ahora despóticamente por él mismo. Sin embargo, la misión más ardua de Shrek será reconquistar a Fiona, líder de la resistencia de los ogros, quien no recuerda su relación con su amado y ni siquiera tienen hijos.
La crisis de madurez que vive Shrek en esta nueva película, asfixiado por su labor como padre, marido y hombre para todo en la casa, prometía ser una interesante vuelta de tuerca al devenir de la historia, sin embargo, las promesas se quedan en eso, en vanas esperanzas de un mero atisbo de creatividad o inteligencia. La película es tediosa, no aporta absolutamente nada nuevo a la saga y los personajes, desgastados en su propio éxito, se esfuerzan en repetir los gags y tics consabidos que tantas risas suscitaron hace años pero que hoy suenan forzadas y prescindibles. Por otro lado, la acción se desarrolla enteramente en una penumbra incomprensible teniendo presente las enormes posibilidades técnicas del 3D y el IMAX, que puede hacer algo más inaccesible la cinta al público joven, perdido en colores apagados y aventuras poco trepidantes.
Desgraciadamente, el broche final de la saga ha confirmado la regla que apuntábamos al comienzo de esta crítica; cuando el éxito hace acudir a los hombres de los maletines, la creatividad difícilmente puede salir indemne.

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