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Invictus, el elogio a un héroe de carne y hueso

La salida en DVD de la cinta del gran Clint Eastwood nos ofrece una oportunidad inmejorable de profundizar en nuestro conocimiento acerca de Sudáfrica y su historia reciente en un verano en el que el país se erige como centro del mundo futbolístico.

Jesús Benabat. Posiblemente uno de los elementos que más caracterizan al cine de Clint Eastwood es su efectividad para narrar historias que suscitan reacciones en su público, ya sea emoción y alegría como en Invictus, o el desasosiego y desesperanza que emanaban Mystic River o Million Dollar Baby. Ni siquiera es imprescindible que aquello que se nos presenta en la pantalla tenga una entidad discursiva imponente, véase el caso de la magistral Gran Torino. Todo lo contrario, Eastwood se hace grande en el detalle, en la nimiedad, en lo anecdótico, desde lo que parte para construir una obra de mayor calado por las estrategias cinematográficas que el viejo director aplica producto de su experiencia y sabiduría.

En Invictus, Eastwood no realiza una almibarada y compleja biografía de Nelsón Mandela, algo para lo que indudablemente poseía material, teniendo presente la enorme y compleja personalidad del ex Presidente sudafricano y sus logros manifiestos en el terreno político. Por el contrario, la película se centra en uno de esos éxitos de Mandela que pocos historiadores y analistas se esforzarían en reseñar por su aparente superficialidad; el Campeonato del Mundo de Rugby de 1994. Muy alejado de los grandes temas políticos, tanto internos como internacionales, Eastwood se mueve con gran habilidad en la interpretación de las acciones de Mandela referentes al equipo de los Springboks, símbolo del Apartheid, y en su intento por refundir el espíritu de su país, dividido tras años de enfrentamiento étnico, en torno al mismo. Como base primordial, el libro de John Carlin, periodista deportivo que cubrió el acontecimiento y que en El Factor Humano lo dota de significación política. Del mismo inferimos la enorme capacidad de persuasión de las masas que detentaba Mandela, todo un fenómeno que podría ser comparado, en la actualidad, con el propio Obama.

Otra de las bases de Invictus es Morgan Freeman. El veterano actor, legitimado por una extensa carrera con papeles puntuales de honda significación (no podemos olvidar su rol de boxeador fracasado en Million Dollar Baby o el de presidiario en Cadena Perpetua), se reencarna en la figura de Mandela, se sumerge en su personalidad, hace suyo sus movimientos e incluso aporta una amplia gama de matices para realizar una interpretación perfecta. Como escudero perfecto Matt Damon suma (otra más) una interpretación eficaz y completa para una de las carreras cinematográficas más interesantes del momento. En Invictus encarna a Francois Pienaar, capitán de la selección sudafricana y nexo de unión con el Presidente, del que se llega a contagiar de su espíritu y fuerza moral.

Eastwood da sentido a sus planos a través de situaciones particulares, conduce la película de forma apacible, sin grandes pretensiones pero con suma profesionalidad, hasta alcanzar un excitante clímax en la final del Campeonato, con una cámara agresiva y dinámica que consigue la empatía del público ante la bravura de los participantes. Un final feliz reflejo de la propia historia.

Eastwood se tuvo que conformar este año con las dos nominaciones  para sus actores en los Oscar, tras ser obviado por la academia en la categoría de Mejor Película y Mejor Guión, algo parecido a lo que le ocurrió el año pasado con Gran Torino, posiblemente la mejor película de 2009 aclamada por público y crítica y que sin embargo ni siquiera fue atendida por los críticos norteamericanos.

Sinceramente esperamos que Eastwood continúe haciendo películas, con la única pretensión de narrar una historia con principio y fin que, no obstante, nos haga removernos del asiento y plantearnos preguntas. El eterno cowboy sigue vivo, y en buena forma.

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Jesús Benabat

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