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Medem, el funambulista (**)

En el cartel, la fotógrafa Ouka Leele las ha retratado como ninfas acuáticas. La imagen klimtiana de las dos sierpes ha poblado todos los rincones de Sevilla durante esta semana. Elena Anaya y Natasha Yarovenko protagonizan Habitación en Roma, la nueva película de Julio Medem, con la que pretende renacer tras el descalabro de Caótica Ana.

Clara Morales. Alba y Natasha acaban de conocerse. Es la última noche en Roma para ambas, y van a pasarla juntas. “El punto fundamental de la historia es la fuerza de la atracción, una atracción muy dominante y poco domable, que primero es física y luego se transforma en algo más profundo”, así explica Medem el argumento de la cinta, adaptación del film En la cama, del chileno Matías Bize.

Pero quizás el guión no coja a nadie por sorpresa. El hecho de que el director vasco haya cambiado la pareja heterosexual de la historia original por dos guapas actrices no ha pasado desapercibido. El trailer aparecido en Internet meses antes del estreno hizo saltar chispas: mientras unos criticaban la tendencia del cine español a recurrir al sexo como elemento clave, otros alababan la osadía de Medem. Algunos se limitaban a regocijarse con las escenas entre Anaya y Yarovenko, estos últimos muy lejos de la crítica cinematográfica. Pero lo más curioso es que estos comentarios, negativos o positivos, se hicieran mucho antes de tener acceso a la cinta.

Por eso es una pena que la película de Medem no convenza: una obra de arte sería una manera excelente de callar las fauces de los cromagnones capaces de identificar cualquier escena lésbica con porno. Es una lástima que la exagerada lírica de Room in Rome, el sonoro título original de la película, dé al traste con la prometedora historia que pretendía contarnos.

Las escenas forzadas, pasadas de rosca (como la de Alba herida literalmente de amor en la bañera, descrita con horror también por el crítico de El País Carlos Boyero), neutralizan la interesantísima fotografía, la música más que acertada. Los diálogos, de giros bruscos e impostados, sabotean la labor de una espléndida Elena Anaya (¡qué habría sido de Medem y del espectador sin ella!) y los más que aceptables esfuerzos de la ucraniana Natasha Yarovenko.

Es fácil imaginar al director tratando de encontrar el equilibrio entre sus incomprensibles delirios ‘de artista’ (véase su último chasco, Caótica Ana) y la película accesible que necesitaba para volver a la arena. “Esta cinta también es compleja, pero va por la vía directa”, justifica, “Me he volcado en que transmita bien los sentimientos, en que sea diáfana, en poner facilidades al espectador”. He ahí el fallo: si el mago trata de explicar el truco éste se vuelve zafio. La poesía de cartón piedra aburre, el simbolismo facilón termina siendo insultante. La publicidad torpemente encubierta (Pepetravel y Microsoft, ¿quién os ha llamado?) es la gota que colma el vaso.

Esperemos que Medem encuentre pronto la manera de caminar sobre la cuerda floja, bien lejos de los sueños de iluminado y de los trucos para llamar al dólar (y que vuelva a confiar entonces en Elena Anaya, pues si se ha mostrado capaz de sostener un guión mediocre qué no sabrá hacer con uno bueno). Querido Medem de Los amantes del círculo polar y Lucía y el sexo: vuelve, te estamos esperando.

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