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Carlos IV y María Luisa de Parma vistos por Goya en el Bellas Artes

Ambos retratos se exponen en el Museo gracias a su préstamo para exhibición pública hasta el 30 de marzo.

El consejero de Educación, Cultura y Deporte, Luciano Alonso, ha presentado la exposición temporal en el Museo de Bellas Artes de Sevilla de dos obras de Francisco de Goya y Lucientes cedidas por la empresa tabaquera Altadis: los retratos de Carlos IV y María Luisa de Parma pintados en 1789 con motivo de la primera visita a la capital hispalense de los recién coronados monarcas.

Esta actividad se inscribe en el programa ‘Obra invitada’, por el que durante varias semanas el museo expone, dentro del recorrido de la exposición permanente, piezas de especial relevancia pertenecientes a otras instituciones o colecciones privadas. Los dos cuadros podrán disfrutarse en la sala XIII, dedicada a la pintura española.

Luciano Alonso ha calificado como «maravillas» estos dos cuadros de Goya y ha agradecido especialmente la colaboración de Altadis. El consejero ha dicho que espera contar con el apoyo de la compañía en la nueva etapa de transformación integral del Museo de Bellas Artes de Sevilla, que lo convertirá en un servicio de gestión diferenciada dentro de la Consejería, con un modelo de gestión similar al del Bellas Artes de Bilbao y abierto a la participación de otras instituciones públicas y privadas.

El consejero ha asegurado que el Museo de Bellas Artes de Sevilla será «el buque insignia de los museos andaluces, para lo cual se están dando pequeños pasos pero firmes que lo afianzan como referente cultural».

Las dos pinturas son de los primeros retratos oficiales realizados por el pintor al matrimonio real tras su entronización. Fueron encargadas por la Real Fábrica de Tabacos de Sevilla y exhibidos en el llamado ‘Templo de la Fama’, una arquitectura efímera creada para engalanar el edificio de la fábrica, incluido en el recorrido de los reyes por la ciudad. Estas obras pretendían dar a conocer al pueblo la nueva imagen de la monarquía, haciendo especialmente visibles las insignias y símbolos del poder, así como las vestimentas y las posturas, representadas según los formalismos establecidos.

Tras la coronación el 12 de enero de 1789, muchas ciudades españolas celebraron fiestas, cabalgatas y construcciones efímeras por el acontecimiento, donde a veces se exhibían públicamente los retratos de los nuevos reyes, por lo que hubo que contar con un elevado número de retratos que, posteriormente, pasaban a decorar casas de la nobleza, edificios públicos y dependencias reales.

Goya fue nombrado pintor del Rey el 25 de abril de ese año y una década después sería primer pintor de Cámara, llegando a realizar ese año 18 retratos reales. Aunque en general mantenían similitudes los trabajos, Goya precisaba las calidades de los ropajes según destino y precio que se pagaba por la obra.

Próximas exposiciones

Luciano Alonso ha avanzado que la próxima ‘obra invitada’ del Museo de Bellas Artes de Sevilla será el retrato de Don Diego de Mexia, marqués de Leganés, pintado por Van Dyck en 1634. Se trata de un préstamo de la Fundación Banco Santander que se expondrá desde primeros de abril hasta finales de junio.

Asimismo, el consejero ha anunciado que en primavera se presentará en la pinacoteca una selección de la colección cubista de Telefónica, compuesta por unas 40 obras de destacados artistas como Juan Gris, María Blanchard (once obras que conforman el núcleo central de la exposición), Manuel Ángeles Ortiz, Albert Gleizes, Rafael Barradas, Jean Metzinger, etcétera.

Respecto a las dos obras invitadas actuales, el retrato de Carlos IV muestra los símbolos de la monarquía, visibles en las insignias y la indumentaria. El monarca viste casaca de terciopelo rojo y ostenta la insignia del Toisón de Oro. Asimismo, porta también la gran cruz y la banda de la Orden de Carlos III, la de la Orden de San Genaro de Nápoles, de color rojo, y la de la Orden de los Caballeros del Espíritu Santo, en color azul.

Goya demuestra aquí su gran capacidad para el retrato y la captación psicológica del personaje con la realización de un rostro cercano y abierto al espectador. El retratado posa con naturalidad, aunque se aprecia una aparente rigidez que el pintor resuelve dotando a la obra de cierto movimiento en los cortinajes verdes de vivos reflejos que sirven de fondo. Otros detalles simbólicos contribuyen a la divulgación de la imagen del nuevo monarca, como el manto real de color púrpura forrado de armiño y la corona, pintados en segundo plano, sobre la mesa.

El retrato de la reina mantiene el mismo esquema que el de su marido. María Luisa de Parma está representada con un vestido verde azulado oscuro y un aparatoso tocado de plumas y gasas que manifiesta los gustos franceses. Algunos símbolos, como la Cruz Estrellada de Austria, concedida por la emperatriz María Teresa, que ostenta sobre el pecho, o la corona situada en segundo plano, potencian la imagen oficial de la monarquía.

El pintor demuestra un gran virtuosismo en la representación de las texturas y brillos de los tejidos más vaporosos y de las joyas, resueltos a partir de pinceladas rápidas y empastadas en blanco y amarillo.

Esta obra guarda especial relación con el retrato homónimo conservado en el Museo del Prado, aunque se aprecian diferencias en las tonalidades azuladas verdosas conferidas al traje frente a las grisáceas de la obra conservada en Madrid.

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