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Cofradías

La hora del abatimiento

Uno pretende evitarlo, aislarse de esta negatividad que todo lo invade y que se extiende más allá de los ojos en las mochilas del colegio de los niños, en los uniformes de trabajo, hasta en las llaves del coche que lleva días sin salir del garaje.

Las relaciones de pareja, las amistades…todo parece estar de capa caída, como este Domingo de Resurrección en el que, tras haberse recogido la cofradía de la Salle a las cinco y media de la tarde, parece haber recordado cómo se fabrica ese letargo de la ciudad que, aunque acude a los toros, lo hace abotagada de una hermosura que tardará en olvidar, que no olvidará jamás.

Soy consciente. Mi estado de ánimo me va a llevar a escribir una crónica mucho más seria y menos distendida que aquella previa de vísperas con la que empezamos la semana. Hace diez días y ya no somos los mismos. «Cómo hemos cambiado, que lejos ha quedado», cantaba Amistades Peligrosas. Pero es que parece lejos incluso esa hora del mediodía de ayer, en que la cofradía del Sol abandonaba su Plantinar para trasplantarse en una ciudad todavía acomplejada y aturdida, perezosa para incorporarse a su obligación contempladora en cada uno de sus rincones.

Salía el Sol y mirábamos a su Varón de Dolores, en el paso que se antoja diminuto ahora para ese Varón de Dolores que lleva la única cruz grande de la Semana Santa que no se puede esconder bajo el canasto. Tiene la altura que tiene, y con ella atraviesa las puertas de la Catedral y regresa a un barrio en el que la Virgen del Sol, con su San Juan y su Magdalena pelirroja, fue venerada donde luego se abrió un gran bazar oriental, se sabe peculiar, extraña, rara pero consolida, con saltos de calidad, esa forma de ser tan única e irrepetible.

Quise empezar la tarde con los Servitas bajo la luz inmaculada de la Encarnación, donde las Setas tamizaban un resplandor solar que obligaba, no obstante, al parduzco rosetón de las gafas de sol ante los ojos. Venía la Piedad, con su tambor destemplado y su cruz de plata, y a uno le parecía soñar. Llegaba la Soledad, con ese rematado conjunto de bordados y orfebrería a los veintiséis años de empezar a salir y una sana envidia me recorría las entrañas. Hay que saber ser de Los Servitas como tantos buenos cofrades. Y no me olvido de Pepe Asián.

Galería del Sábado Santo, por Auxi P. Moreno

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Estaba la Soledad de San Marcos en la Plaza de la Encarnación ya cuando la ristra blanca y negra de la Trinidad se dejaba Puerta Osario abajo rematada en el verde brochazo de la Virgen de la Esperanza, esa belleza radiante que, antes pronto que tarde, cumplirá doscientos años de veneración, primero en una Santa Lucía que ahora es biblioteca y luego en un convento trinitario que ahora es basílica menor. Todo cambia, pero su cara permanece como perla escondida en la concha de su palio blanco y luego verde. Llegó ella, con su escuadra de la Policía Local, como poniendo, definitivamente, esperanza en la decepción de una Semana Santa herida.

Ya en las sillas, no quise perderme detalle del Santo Entierro. Sus faroles de cruz de guía, adquiridos en un local de decoración pero perfectamente útiles para su uso. Los nazarenos del Santo Entierro, no tan pocos, no tan escurridizos a la hora de contarse. La Canina, mientras Paco me hacía ver que los cardos los pinchaban antes de tiempo para que figuraran, a su forma también, el abatimiento de la Canina, en el paso de la Santa Cruz, como lo indica el Secretario en el reparto de papeletas de sitio. Y yo le daba la razón a corazón abierto. Luego el convite de hermandades, en el que sigo sin entender, dado que dura dos horas si se quiere, por qué no participan las hermandades de ruán y otras, como San Roque, que tampoco estuvo.

El convite civil, ya en el Duelo, o cómo buscar un lugar para ser visto en la ciudad. Compañeros y amigos luciendo palmito, con algunos vivos blancos en los chalequillos del chaqué que me obligaban a cerrar los ojos piadosamente. Villaviciosa con su galleta, otra vez, y en el palio de respeto servidores sonrientes que me hacían ver cómo, a pesar de lo grave de la representación, quedaba un atisbo de naturalidad en todos ellos.

La Soledad pasó casi de largo ante mis ojos, porque tenía que marcharme a preparar la Vigilia Pascual. No obstante, no quedé contento con la vestimenta de la Soledad, que fue la que más me disgustó de la jornada. Demasiado enfurruñada para la dulzura con que otras veces la han presentado el Sábado Santo. Hay en esa corporación vestidores con acierto y conocimiento, que pueden obrar bien para esa imagen que recuerda lo que fueron aquellas procesiones festivas que ya sólo quedan en pueblos que no han consentido perder lo que fueron siempre, por mucho que Niño de Guevara se empeñase en ello.

La hora del abatimiento llegaba entonces, con una larga noche por delante en la que no se podía empalmar con la Resurrección, que al fin había conseguido cambiar el horario para salir a las ocho y media de la mañana. «Le sobra media hora por delante», me decía una antigua nazarena del cortejo del Cristo, que andaba excesivamente lento y que no precisaba a mi juicio, la cantidad de policías y efectivos que la acompañaban por la calle Francos y Cuesta del Rosario. Vino despacio, pero luciéndose como nunca. Alejandro Parente destacaba en sus redes sociales los aplausos y las emociones de una jornada singular, que esperemos se repita siempre.

La Virgen de la Aurora, con su azul encantador, venía exultante celebrando esos XXV años de su salida, de su palio y de la última pelea de la ojiva con la plata en la Semana Santa de Sevilla. Las petaladas de sus hermanos, y la del Grupo Joven en la Cuesta del Rosario dejaron claro el valor seguro que constituye la imagen de Dubé dentro de la cofradía, que en dos años cumplirá su cincuentenario estrenando un palio bordado completamente en oro, lo que convertirá las bambalinas de Gracia y Amparo de los Javieres en la última pieza de aplicación que ocupa un papel tan protagonista en unas andas procesionales marianas.

Todos los medios han valorado positivamente el cambio de la Resurrección, y es que saltaba a la vista, no sólo el volumen de personas que la acompañaban sino también su persistencia a lo largo de un recorrido que brindaba sus mejores horas desde la salida de la catedral hasta Santa Ángela de la Cruz. Un acierto pleno, que esperemos brinde a la cofradía la estabilidad que buscaba.

Y hasta aquí, en medio del abatimiento de un final que no se quiere ni se busca. Un abatimiento que ha de superarse pronto, y que nos llegará, en cinco días, a la siguiente procesión, ya de gloria, camino de la Catedral. En eso somos como Nueva York: la ciudad (procesional) que nunca duerme.

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Sobre el autor

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Francis Segura

Sevillano habilitado por nacimiento, ciudadano del mundo y hombre de pueblo de vocación. Licenciado en Historia del Arte que le pegó un pellizco a la gustosa masa de la antropología, y que acabó siendo recepcionista de notario y estanquero. Investigador en la historia y en la literatura, preguntón, atrevido y gesto hecho hombre.

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