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Aquello que quisiste volver vivir

Existe un viernes en el año en el que -a pesar de la noche- el sol brilla y suave es el calor. La noche fue fría y oscura justo en el momento anterior a la rotura del amanecer.

Cuentan que en los tejados escribía el poeta, osado, porque se le ocurría no observar a aquella mujer desde aquellas cubiertas del Alcázar y centrar su atención en las hojas en blanco en las que desangrar la vida misma.

El pánico a la falta de ideas aboca a dos consecuencias: el miedo o el sufrimiento. ¿Acaso no son lo mismo? El poeta, el prosista, de aquel tiempo solo se distrae cuando el crucificado viene subiendo por aquella calle que él mismo se sacó de la chistera y que hoy -por el ayer y por el siempre que será todavía- lleva su nombre.

Desde la altura, don Joaquín observa en este viernes cómo la muerte viene a visitarle y, por olvidar, tan enamorado estaba de aquella muchacha de ojos acuáticos, que olvidó que ya no está, que ya no puede ser. Olvidó también aquella vez que escondió a Hernández entre los muros del Alcázar y sus ojos se perdieron en el vacío de los labios de la ciudad que hace hombre a los hombres cuando se tatúa en su frío cuerpo los nombres de aquellos.

Mientras observa desde los tejados a esos jóvenes que esperan la llegada de ese crucificado que vive junto a su nombre, recuerda el amor, recrea la pasión; revive la belleza de aquella jovencita que unas cuantas veces describió. Ay del tal Rodríguez Almodóvar, que una vez dijo en la Feria de las Vanidades de don Joaquín que solo era »poeta segundón de la generación del 27, que se pasó con versos y bagajes a los sublevados», hasta él estaba esa noche en Santa Cruz con flores y lágrimas de arrepentimiento por esas palabras envenenadas lanzadas contra el indefenso poeta que no habla ya pero al que la eternidad recordará siempre.

La plenitud ajena escuece, sí, pero no mata reconocerla. Y, en estas noches, el olor de aquellos tiempos de naranjos y café recorre las casa como la lámpara prendida que encendida queda y que permite soñar -que no dormir-. Y ella, ella pasa su mano sobre el rostro de quién amaba, protegiéndolo de lo razonable e invitándolo a la locura.

Mientras, aquel Dios encarnado en madera y eternidad muere en la mejor esquina de la ciudad… aquella esquina en la que te dije tantas cosas y en la que escondí aquello que viviste para protegerlo de los dos. La Roma de nuestros días se desmaya.

Sobre el autor

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Jaime Fernández-Mijares

Nacido en 1989 en Sevilla. Licenciado en Derecho por la Universidad de Sevilla y Máster en Tributación y Asesoría Fiscal por la Universidad Loyola Andalucía. Forma parte de 'Andaluces, Regeneraos', proyecto centrado en la redacción de artículos para la regeneración política, económica y cultural de Andalucía. Le interesa la historia y las relaciones internacionales.

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