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La música y el silencio

Silencio. Y si no, una saeta. O una banda. Pero que la banda sea buena, como la saeta. Y que la marcha también sea buena, ya que pedimos. Y así, con estos elementos se construye un momento inolvidable para tu oído. Porque el silencio suena, vaya si suena.

Pero mejor suena una banda. Y hay bandas que son capaces de tocar de tal modo, que tu mente guarda esa melodía y armonía, ese rincón de Sevilla, esa brisa del atardecer y el olor a azahar para siempre en tu memoria.

Eso sucedió con la banda del Carmen de Salteras tras el palio de la Hiniesta mientras se acercaban a la plaza del Pumarejo. Sonó ‘Coronación’, de Marvizón y Puntas, y se hizo el silencio. Porque el público, a pesar de la bulla, siente cuando algo suena diferente. Y así ocurrió con el trío de esta marcha en ese preciso instante, que sonó tan dulce, tan pausado y elegante que el último acorde murió en un silencio de milésimas de segundo. Ese preciso silencio que antecede a un aplauso sonoro.

¿Cuántas veces habrá sonado la marcha ‘Hermanos Costaleros’ en Sevilla, desde que se compuso en 1985? Miles de veces, quizás. Pero, como decía el maestro de la música rumano Chelibidache, “la música se desarrolla en el tiempo, y el tiempo es irrepetible”. E irrepetible sonó ‘Hermanos Costaleros’ por la banda de música de Olivares tras el palio de Gracia y Esperanza de San Roque, justo para arriar el paso frente a la escultura a Pepe Perejil, en la plaza Jerónimo de Córdoba.

Y es que Sevilla tiene plazas, calles y callejuelas con una acústica extraordinaria. Pero, no cabe duda de que una de las mejores acústicas se encuentra en el tramo que va desde calle Tetuán, pasando por Velázquez y O’Donnell hasta llegar a la plaza de la Campana. Y ahí, justo en ese último tramo, en la madrugada del lunes al martes santo, sonó para el recuerdo una de las marchas más solemnes del repertorio bandístico: ‘Santísimo Cristo de las Siete Palabras’, del catedrático de piano sevillano Antonio Pantión. La interpretó la banda de la Oliva de Salteras tras el palio de la Virgen de las Aguas de El Museo. Fue una obra de arte. Para cuando la marcha estaba muriendo en sus últimos acordes, el palio ya había posado los zancos en la plaza del Duque. Y se hizo el silencio. El capataz mandó levantar el paso, sonaron tambores, el golpe de aro anunció marcha, y cuando los dos primeros varales del palio de las Aguas entraban en la absoluta oscuridad de la calle Alfonso XII, los clarinetes de la Oliva, sigilosos, atacaron los primeros compases de ‘Hosanna in Excelsis’, del alicantino Oscar Navarro. Y el palio se perdió en la oscuridad seguido por una banda de luciérnagas, con las luces del los atriles de marcha encendidos para dejar entrever las notas en el pentagrama, y para regalar a los oídos de los allí presentes un momento de recogimiento inolvidable, e irrepetible.

“Ahí queó”, dijo Antonio Santiago en el penúltimo compás de la marcha

Y de nuevo Marvizón. Y de nuevo la ejecución de una de sus marchas quedará para el recuerdo del público que aguardaba manteniendo el equilibrio en la estrecha acera de la calle Santiago el paso de palio de la Encarnación de San Benito. Hacía mucho calor, pero todos esperaban que la banda de música de La Puebla del Río les deleitarse con la marcha ‘Rocío’, de Manuel Ruíz Vidriet, un clásico en este enclave para saludar a la hermandad homónima que tiene su casa en esta arteria que conecta la Puerta de la Carne con Santa Catalina. Pero antes que ‘Rocío’ sonó ‘Azul y Plata’, de Marvizón, ese óleo en forma de partitura llena de colores y matices. Y el público dio una ovación cerrada. Y, como no, justo después sonó ‘Rocío’, y para entonces los oídos ya debían estar desbordados por la belleza de la música, porque había algunos rostros desbordados por las lágrimas.

Y más lágrimas humedecían los ojos de aquella señora que miraba de frente a la Macarena en la revirá de Javier Lasso de la Vega con Amor de Dios. Los músicos del Carmen de Salteras hacía sonar ‘La Macarena’ de Paco Lola, con sus cajas chinas y sus melodías pegadizas, vale, pero a aquella señora le debió sonar a música celestial, porque estaba llena de emoción. Y no era la única. La cara es el espejo del alma, y allí, en esa esquina, había muchas almas escogidas. No así las manos de los allí presentes, que con su aplauso no dejaron sonar la coda de la marcha. “Ahí queó”, dijo Antonio Santiago en el penúltimo compás de la marcha. Y para entonces el aplauso se había contagiado por Amor de Dios.

Los que se contagió por la calle Real de la Carretería no fue un aplauso, sino un respingo, un suspiro. Sonó la primera nota de ‘Jerusalén’, de José Vélez, esa negra con acento que parece un aviso, un toque de atención de lo que viene a continuación: esa concatenación de melodías parsimoniosas con aires del levante. De nuevo El Carmen de Salteras -sin dormir desde el Arco de la Macarena- y de nuevo una marcha de tesitura grave que deja al descubierto el sonido de un palio, el palio de la Virgen de la O. Porque los palios también suenan, y el de la O suena a metrónomo de plata.

¿Y a qué suena la Semana Santa de Sevilla? A muchos les suena a ‘Amarguras’, de Font de Anta. Dicen que es la marcha con más solera y elegancia. ¿Y ‘Jesús de las Penas’, de Pantión, acaso no es elegante? ¿Y si la toca la banda del Maestro Tejera? ¿Y si suena por San Pablo tras el palio de cajón de Montserrat? Es que eso también es elegancia. Porque esa cadencia de los graves que articulan la marcha, cual latidos del corazón, cuando mueren en la última negra de la obra son capaces de que una plaza entera, la de la Magdalena, quede en silencio, en un elegante silencio.

Como el silencio que impera en la plaza de Santa Isabel durante todo el año. Un silencio que rompe con sus pasos el cortejo de nazarenos de Los Servitas cada Sábado Santo. Y en ese silencio, y en esa oscuridad de la plaza, se acerca un palio. Y tras el palio la banda de Alcalá de Guadaíra. Y de sus instrumentos surgen con timidez unos acordes añejos que han viajado en el tiempo desde una escena inspirada en el Pópulo, y de los que el genio ruso de la música Igor Stravinski llegó a decir -mientras presenciaba el paso de la Virgen del Refugio por la Puerta de la Carne en la Semana Santa de 1921- “estoy escuchando lo que veo, y viendo lo que escucho”. Desde luego, en la plaza Santa Isabel sólo se veía una candelería encendida y el rostro de una dolorosa que se recogía en su capilla a la vez que Font de Anta abrochaba su marcha. Efectivamente, aquello sonaba a lo que los ojos veían en la oscuridad. Sonaba a puro silencio, a puro final.

Sobre el autor

Álvaro Ceregido

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