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Cofradías

Era cierto

Golpeaba aquel viento melancólico en lo más profundo de tus huecos y todos ignoraban lo que iba a pasar. Todos quedaban huérfanos de explicación sobre lo que habría de ocurrir; pero tu lo sabías. Tenías claro que este no era tiempo de explicaciones. Tiempo en el que rompe el azahar y hay que alzar la mirada para observar el cielo que se gana.

La vida es lo que dice el poeta, precisamente eso, la vida y algo más. La vida es observarte mientras haces que el tiempo se desvanezca; es tener miedo a uno mismo y buscar tu mirada ahogado en tu luz de primavera y abismo de silencio. Te creíste mucho con razón, me creí superior por pisarte y tenerte… Creí entonces que la vida era ser invencible mientras pinto con mi alma tus rincones.

Sería herejía querer describirte lo que sabes que va a pasar. No quiero quedarme en lo estético, pues, sabiendo que nadie hay como tu, entramos en el terreno metafísico, obviando lo aburridamente descriptible. Decías que sólo es explicable lo que llega al alma y no lo que queda en nuestros ojos.

Se va a tu encuentro con la ilusión del niño que echa a correr por callejones que no tienen fin. Se llega a tus brazos con temor y con un escalofrío que no deja vivir pero que es necesario para respirar. Eres extraña porque haces una misma cosa de lo contrapuesto: la alegría, para tí, significa muerte, y la muerte triunfo.

Lo lógico es lo excéntrico. Amarte y odiarte a la vez; odiarte porque nadie sabe describirte, amarte porque el hombre vive de hacer que todo tenga sentido por tí. Todo -digo bien-, todo empieza y acaba en tí. Parece que todo viene de lejos y es inmutable, y tu y yo nos hemos equivocado porque en mi rareza salgo a tí.

Llevamos dentro lo que tu sabes y yo no quiero saber. La nostalgia de lo presente es lo que te da sentido y la muerte del hombre con esa luna es razón de ser de tu indiferencia al amor que te tienen. Porque, no olvides, te aman por hacer bella la muerte…

Has dejado la puerta entreabierta. Sabes que he llegado, así que, ponte en mis manos y deja que cada día limpie yo la sangre que el hijo del hombre derrama en tus calles. Nadie sabe que va a pasar… Pero tu y yo lo sabemos, era cierto; entonces, cuéntame un secreto, vieja amiga, ¿Porqué no quiero decir tu nombre?

Sobre el autor

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Jaime Fernández-Mijares

Nacido en 1989 en Sevilla. Licenciado en Derecho por la Universidad de Sevilla y Máster en Tributación y Asesoría Fiscal por la Universidad Loyola Andalucía. Forma parte de 'Andaluces, Regeneraos', proyecto centrado en la redacción de artículos para la regeneración política, económica y cultural de Andalucía. Le interesa la historia y las relaciones internacionales.

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