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Martes Santo: Un nuevo día

Apenas ha comenzado a brillar la mañana y ya se sirven con premura los primeros cafés sobre las barras los bares de Afán de Ribera. Hoy es un día distinto.

El Desamparo y Abandono de Cristo sale a la calle y con él, su Madre de los Dolores y todo el barrio del Cerro. Los comercios echan la baraja minutos antes de la salida y un caudal de fe se dispone a atravesar avenidas presto a hacer corta la distancia entre la periferia y el corazón de Sevilla.

Hablamos del Martes Santo. La jornada en la que sobre las dos de la tarde ya no cabrá un alfiler en San Esteban. Propios y extraños se desplazan hasta Puerta Carmona para contemplar un año más el milagro de la salida del palio de Los Desamparados que desafiará como nunca venciendo como siempre a los afilados dientes de piedra de su ojiva. En ese instante se hará un silencio que no hará solo vaticinar el cuajo de los capataces, el triunfo de su cuadrilla y el éxtasis de la banda que les espera agazapada.

Cuando las hileras de capirotes azules se desdibujen al final de Águilas, una dorada cruz de Guía contará los metros que separan el tramo superviviente de los Caños de Carmona del Muro de Los Navarros. Cuánto ha cambiado La Calzá y cuantos recuerdos de aquello trae esta corporación. Pilatos presenta a quien no hace falta presentar, y así el misterio de Lastrucci va volviendo esquinas con su habitual finura en busca del espeluznante encuentro anual con la efigie de Santa Ángela. Tras sus pasos la Sangre de Cristo hecha monte de claveles bajo el crucificado de Miñarro y el palio de la que fuese Palomita de Triana, La Virgen de la Encarnación que hace tanto cruzara el puente de barcas para quedarse para siempre en la Parroquia de San Benito.

El silencio de repente rasga la algarabía de la tarde en dos puntos de la ciudad. Casi a la misma hora dos hombres muertos sobre la cruz caminarán silenciosamente entre quienes no tienen reparos de mirar frente a frente a la muerte. Feria y Lonja de la Universidad. Estudiantes y Javieres.

El clasicismo es por siempre el sello del recorrido de la Buena Muerte, que tan bien supo plasmar en la madera Juan de Mesa, en su deambular hacia el Postigo por Contratación y Miguel de Mañara, mientras que el Cristo de las Almas emboca silenciosamente la plaza Europa en dirección a la Alameda.

Casi sin avisar la luz se tornará pausadamente en oscuridad y viviremos otro Martes Santo que comenzará en los aledaños de San Lorenzo. Cardenal Spínola y Gavidia serán los primeros pasajes que acogerán como ningunos el tronar de los tambores de Cigarreras que acompañan al misterio de La Bofetá que irá luciendo un peculiar andar allá por donde pase siguiendo el rastro de la cera blanca de sus nazarenos. El Dulce Nombre le precederá lentamente hasta plantarse en el Duque con la intención de comenzar la Carrera Oficial hipnotizando a todo aquel que contempla como se aleja la trasera del palio de los claveles rosas.

Será el momento más oportuno de irnos a Santa Cruz y marchar por una maraña de lozas antiguas que nos llevan de viaje al pasado de Sevilla. Penetrar en cada uno de sus rincones y dejarnos llevar por nuestro instinto adentrándonos calle a calle en la antigua judería sevillana. Unas briznas de incienso parecerán llamarnos desde Mateos Gago. Las luces de los candelabros del paso del Cristo de las Misecordias que tiemblan a cada zancada apenas alumbran tímidamente las estrechez de las paredes, pero resaltan magníficamente a la imagen que ya busca la hondonada del templo mientras mira a ninguna parte esperando morir después de haber vuelto a pasear por las calles de su feligresía.

A la noche aún le queda algo más de mecha que a los rojos cirios de la cofradía de Santa Cruz que ya se bate en retirada. No existirá entonces mejor ocasión para tomar el Callejón del Agua por donde todavía resuena lo poco que va quedando de Martes Santo. Blancos nazarenos han tomado los Jardines de Murillo y nos anticipan que en breve, María Santísima de la Candelaria llegará para perfumar a las mismísimas flores con su pureza, regalándonos de este modo el colofón que recordaremos hasta que el almanaque quiera regalarnos un nuevo Martes Santo.

Sobre el autor

Álvaro Ballén

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