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El misterio de El Carmen Doloroso abandonando su templo/Ángel Espínola
Cofradías

Miércoles Santo intermitente

Tres hermandades se quedaron en casa y cinco pudieron realizar sus estaciones de penitencia en una jornada marcada por la lluvia. Los Panaderos salió, pero tuvo que volverse.

Crónica de Ángel Espínola. Fotos y retransisión en Twitter gracias a la labor de Paco Cordero, Carlos Álvarez, Laura Contreras, Candela Vázquez y Juan Carlos Romero

Lluvia, dolor, sorpresa. Palabras que marcaron el Miércoles Santo. Y números, porque los porcentajes de probabilidad de chubascos mantuvieron en ascuas a todas las hermandades. Algunas salieron contra todo pronóstico, pero las que se quedaron en casa también acertaron. Un caos climatológico que dejó un regusto agridulce al final de una jornada que acabó antes de lo deseado.

Para cuando tocaba iniciar el Miércoles Santos, los números que manejaban los meteorólogos (tan mentados esta semana) eran demasiado arriesgados. Mucho recorrido, demasiados niños, valioso patrimonio. Ni La Sed ni San Bernardo se atrevieron. Y acertaron, porque llovió, de forma moderada incluso.

Pero luego escampó y en El Carmen Doloroso dijeron que Sevilla no se iba a quedar sin sus titulares. Que salían. Abrió así la veda Nuestro Padre Jesús de la Paz, paladeando cada paso por la calle Feria, reposando el caminar, gustándose ante los sones de Virgen de los Reyes. Más sobria iba la Virgen del Carmen, que salía justita por el Omnium Sanctorum, cuyos portones  parecían querer retenerla como madre a su hija. Resplandecía el sol mientras la banda de Aznalcóllar le cantaba la Salve Marinera.

El Buen Fin se echó para atrás, las probabilidades de lluvia seguían sin estar claras. La Lanzada, por contra, fue algo más valiente: esperó una hora pero puso sus pasos en la calle. Portentoso el misterio por San Martín. El caballo se hace dueño de la plaza, meciéndose con el tronío que le brinda Tres Caídas. La Virgen del Buen Fin presentaba un exorno floral original y una perfecta cadencia en sus bambalinas.

Hasta el Cristo de Burgos sorprendió echándose a la calle, acción impensable horas antes. Su antiquísima talla aparecía así por San Pedro. Algo de subibaja con la cruz tras la primera chicotá, pero manteniendo siempre la elegancia. Al paso de palio lo llevaban rápido, como si fuera sobre ruedas. Nadie sospechaba por entonces que le acabarían cayendo algunas gotas.

Suspiro bajo la trabajadera cuando el nazareno de Las Siete Palabras cae sobre el costal del que lo carga. Bien llevado también el crucificado. Iba sin prisas la cofradía, pues había sido de las más puntuales de la jornada. Menos cumplidora fue la de El Baratillo que, pese a salir tarde, acabó recogiéndose hora y media antes de lo habitual a causa de la lluvia.

El fenómeno metereológico más dañino de esta fiesta hizo su aparición cuando nadie se acordaba ya de él. Caía la noche y la hermandad del Arenal refugió rápidamente el misterio en su templo, cuadrando una chicotá kilométrica. Llovía, pero la banda del Sol no paraba de tocar. Mérito. A María Santísima de La Caridad le plastificaron el manto en Catedral, y entraba rápida pero recreándose algo más.

El chaparrón duró escasos minutos, los suficientes como para truncar la procesión de Los Panaderos, que estaban ya en la calle y tuvieron que volverse desde Campana a Orfila. Allí se toparon con La Lanzada, que venía de vuelta. Se armó la marimorena. Y polémica servida.

En el Miércoles Santo se vieron más pasos de los que se esperaban, pero la jornada dejó contento a pocos cofrades. Y es que esta Semana Santa lo que debe ser normal, que salgan las cofradías, se está convirtiendo en algo extraordinario.

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