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Ser o no fue

Así pensaba irse, de esa manera soñaba huir, de tal modo huyó, dejando caer la puerta con la levedad de la mano que no quiere irse pero que corre porque sabe que volverá cuando la mañana venga queriendo matar a la noche.

Las fuerzas justas, como cada noche de todas Las Noches de su vida que ha vivido desde que el uso de razón y la indulgencia materna le dejaron a esta parte, porque no vale tanto la valentía si se huye con cobardía y sin la seguridad de que se cumplió con la despedida del corazón que siempre guía y alumbra en las horas más obscuras. Y sabe que esta es su hora, y la potestad de las tinieblas como recuerda de haber traducido del griego del evangelio de Lucas pero esta vez amoldándolo al riesgo que se dispone a asumir, porque distinto es correr el riesgo que asumirlo, correr el riesgo significa ser inconsciente del trágico final, asumirlo supone querer afrontar lo que venga, al borde del abismo, pleno, sin armaduras y con todo por ganar.

La madre despide sabedora de que es otra noche más, pero otra noche mas de todas esas únicas que hacen un conjunto de lo irrepetible que de luna llena en luna llena incomparable se van sucediendo en la memoria que lucha por desterrarse jamás del corazón que en eterna pugna por no olvidar la belleza queda. El relente parece ir tocándole el hombro a esta parte cuando los pasos van enfilando a la gran vía venida a menos en la que los pajarillos aprendían a torear. Quiere ir, antes que nada, dando un rodeo de camino, a pedir disculpas al inventor de la ligazón, por haber tenido miedo.

-¿Miedo? Pero, ¿Qué es el miedo? ¿Qué es la verdad?

-Si toda razón supiéramos no estaría yo aquí en la noche hablando con una estatua.

-Ya que tan poco valgo aquí enrollado, llévate los pasos y el miedo en aquella dirección, vete un poco al este, que parece que el sol va a salir en la noche. De noche te parecerá una mujer normal, pero de día, ay, de día verla venir…

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Y allí se fue. En esa calle Real de pueblo venida a más el calor sube desde el suelo, nervios, rezos, los ojos quieren ir más rápido que el corazón de las gentes, y a lo lejos se ve Roma, viene Cristo recordando su sentencia y Pilatos derrotado. Pero, todo es porque se piensa, no porque suceda. Sí que es cierto lo que le dijeron, que de noche es una más, pero no hay otra que se le compare aún siendo de noche o de día. Antes que todos sus recuerdos ella ya existía, aunque él no lo sabía, ya era del gacetillero del otro lado de la calle que fuma con garbo observándole escondido en su trinchera como queriendo decirle que esta noche se va a quemar por saber jugar con fuego.

Y se va, se pierden sus pasos por las calles en las que el relente va cayendo, va en busca de silencio, del sonido del azahar, se va perdiendo disfrutando como si fuera de la mano de su abuelo, de la mano de todos los que no están, que al fin y al cabo todo avanza porque se recuerda, y si no, no lo llamemos vida. El caos, el primitivo caos. El hijo de Dios viene coronado por la primera luna sabiéndose muerto aunque el brillo de su cruz quiere que viva, que salve a todo él lo vino a ver, a todo el que vino a admirar su ida digna hacia lo inevitable. Pero tanto Dios como el joven saben que las calles fueron, no son ya. Entretanto ella llega, María asiste ignorando cualquier mal destino y luchando por quitar el frío que caló las 31 esquinas de la vida de la parte que se fue a las calles para recordar cómo era aquello de la vida en una noche. Trae en sus brazos al niño que fue, el que se fue, el que olía por las calles el café y el azahar, el que soñaba con dejar siempre abiertas las puertas de su vida pasando los meses por naturales. María es la perfección, no hay que vacilar en reconocerlo, perfección y Concepción, que no es que hayamos venido a aclarar de quién es la luna, no es necesario, pero ella la posee, esta y todas. Cuanta belleza dibujada en la tristeza, hay tanta belleza en ese palmo de terreno del cielo entre varales y azahar que la tristeza deja de tener sentido de existencia en ese rostro. Si de morir hubiere esta noche, bien que fuere por defender su pureza.

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En los días de aquél instituto en los que cada mañana de joven quedada parado ante aquél azulejo recordaba la voz grave femenina bondadosa que le recordaba que la verdad estaba en el suelo y sólo había que agacharse a recogerla, pero lo cierto es que aquella voz sabía que la verdad estaba y sigue estando en la belleza. Naufragada entre flores la recuerda, sí, la ve venir mientras iba en el camino a buscarlo a él, pero ella vino a sorprenderlo, ahí en ese momento, en ese cruce de destinos en el que la tiniebla se va apoderando de cada palmo de piel. Ahí la encuentra, en la vastedad sin nombre la noche, que diría el poeta con quien cumple siempre esa tradición pagana. Vestida de elegancia porque se sabe ciudadana natural de la noche, quiere verla con otro color para que jamás se le vaya. Parte del corazón se le paraliza y ella lo porta en su mano, junto al salvavidas, siempre mirando al río que quiere ser mar.

¿Cuánto vale el riesgo? ¿Cuánto por saber cuánto vale la vida? Es cierto que Cristo muere, no es que resulte verdad. Sus pasos van hundiéndose en el suelo como queriendo entrar en la vida por la puerta grande para dejar desde su primera visita la respiración entrecortada por siempre jamás. Según por dónde le mire el joven observará distintos gestos. Por un lado la serenidad, por el otro la verdad, por arriba la fuerza, por siempre la resignación. Es el señor del Gran Poder la viva imagen de la conciencia eterna que habita en todos los hombres, en él empieza todo, nada acaba en él, porque todo en él es grande, hasta la muerte se nos está quedando en nada esta noche y no queremos que llegue, pero parece que el sol va naciendo de entre la tiniebla del monte que pisa para hacernos siempre invencibles. El brillo de su sombra apaga toda sed, la oscuridad no es peligrosa, no si sabemos que siempre está ahí, escondido entre los nervios del niño que desconoce quién es, latente en el corazón de quien sabe que el amor no tiene precio ni tiempo.

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Va corriendo ya en las vueltas en busca de más verdad, y posándose en la trasera del costado derecho Cristo le mira con los ojos cerrados y ya en la mañana, habiendo visto todas sus vidas oscuras, todo lo que no ha podido ser, vuelve a buscarla, porque de día es distinta a todo lo que en la vida va a ver, las esmeraldas despiden el brillo que alberga su mirada, el llanto que ya se le va pasando. En sus manos todo queda. Las calles huérfanas bajan, solas, porque sin sus suspiros de plata la noche no fue, sólo es, y aquí sólo merece la pena vivir si los amores van a tener sentido por ese amor que florece en la primera luna y se hace joven en el sol de la primera mañana; porque todo anoche fue y todo nos quedará siempre por delante.

Sobre el autor

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Jaime Fernández-Mijares

Nacido en 1989 en Sevilla. Licenciado en Derecho por la Universidad de Sevilla y Máster en Tributación y Asesoría Fiscal por la Universidad Loyola Andalucía. Forma parte de 'Andaluces, Regeneraos', proyecto centrado en la redacción de artículos para la regeneración política, económica y cultural de Andalucía. Le interesa la historia y las relaciones internacionales.

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