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La iglesia conocida como 'La Colegiata' corona la localidad de Osuna, que aguarda un importante patrimonio histórico
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Veraneo en la Campiña

Es inusual hacer una visita al centro de la provincia de Sevilla en pleno verano. Cuando lo habitual en estas fechas es visitar las calurosas playas de Huelva y Málaga o disfrutar del levante caletero de Cádiz y sus alrededores. No obstante, Sevilla tiene capacidad suficiente como para mostrar un  importante patrimonio cultural sin necesidad de realizar viajes largos.

Ángel Espínola. Nuestra ruta se dirige a los municipios de Osuna, La Puebla de Cazalla y Morón de la Frontera. Comenzando por la localidad más lejana para regresar a Sevilla pasando por Los Molares y Utrera. Un viaje con carreteras terciarias que hacen sentirte en soledad ante la paz que desprende un asfalto vacío bordeado de prado verde y  campos tintados de amarillo manchego.

La primera parada, Osuna, ofrece una ciudad agradable y más turística de lo que el sevillano de a pie pueda imaginar. Casas encaladas y muchas iglesias antiguas alegran el pasear por sus calles. En la plaza mayor, donde los ancianos charlotean en los bancos, en señal de que el visitante se encuentra en un pueblo histórico, y no en una de esas actuales metrópolis llenas de humo y prisas, encontramos no obstante, un Ayuntamiento contemporáneo. Sin estructuras renacentistas ni grandilocuentes. Un edificio que sugiere trabajo, profesionalidad, esfuerzo. Da la sensación –ya sea falsa o verdadera- que tras esos muros se está luchando por conseguir una ciudad mejor.

Muy cerca de la plaza se alza una empinada calle al borde de la cual se vislumbra, anónima por la deslumbrante vista de ‘La Colegiata’ el museo arqueológico. Una vez entras por su rústica puerta y encuentras al agradable señor, que se siente estrella por poder realizar por fin una visita guiada a un par de foráneos, comienzas a descubrir que los pasos que has andado están cargados de historia. Son cuatro minúsculas salas, que te hacen sentir en la Osuna romana, repleta de relieves y de leyes dictadas en placas de bronce, cuya importancia trasladó hasta Madrid los originales, quedando en tierra natal sólo unas baratas reproducciones.

El edificio central, en la cima del municipio, después de subir la calle con aires más musulmanes de la ciudad, es la Insigne Iglesia Colegial de Nuestra Señora de la Asunción, más conocida como La Colegiata. Desde el siglo XVI y construida con el sillar extraído de las minas de Osuna, el interior de la Iglesia, sin pasar a los detalles del convento, muestra una estructura enorme. Recuerda en varias de sus esquinas a la Sevillana Iglesia de El Salvador, sin embargo y lejos de los monumentales altares de aquella, ésta no aguarda más que paredes lisas y varias obras de Juan de Mesa. Sin olvidar a la directora del lugar, con su apariencia de bruja enclaustrada  y temida por las guías turísticas que muestran hasta lo más recóndito de la denominada “Catedral de la Sierra Sur”.

Caminando entre una vecindad amable, es recurrente observar las vistas de la Universidad Purísima Concepción, con torreones cubiertos de cerámica azul y blanca, que flanquean la fachada del edificio. Por su parte, no viene mal una visita al moderno hospital, con las últimas tecnologías en su interior, pero unos lavabos deficientes, que también recuerdan a época medieval.

La Puebla de Cazalla

El Ayuntamiento, junto con la Plaza de Andalucía situada a su espalda, son los emplazamientos más destacables de La Puebla de CazallaDejamos Osuna atrás, una ciudad histórica escondida en el anonimato de su necrópolis y los llanos empedrados de sus casapuertas. Nuestra siguiente visita nos traslada a la Puebla de Cazalla, una población más pequeña que la anterior, pero que, lejos de aparentar una fachada más rural, tiene un aspecto modernizado que se confunde demasiado con la capital de la provincia. Un pueblo vacío a las dos de la tarde, quizá por ser domingo. Sus calles son monótonas con ventanas enrejadas de gran altura en cada una de las casas.

El Ayuntamiento ha concedido una orgía de placas de vado permanente en todas las cocheras, creando una imagen muy curiosa e inusual. La panadería de la calle principal, con una gran oferta, logra crear un paisaje en el que los pocos viandantes de la localidad cargan con “dos barras grandes de pan”, como corea cada nativo al entrar en el local. Un pueblo más para habitar que para visitar. La mala señalización de las calles te permite enloquecer buscando un monumento o un parque que no aparece por ningún sitio.

Eso sí, en la Plaza de Andalucía podrás echar una buena siesta en cualquiera de sus bancos. Descanso amenizado por la dulce música que desprende la fuente que la corona, vigilada de cerca por la torre que, a su vez, esconde la parte trasera del Ayuntamiento del municipio. Un edificio de gran belleza arquitectónica que logra no destacar entre las viviendas circundantes.

Dejando atrás la monotonía de una localidad de menos  belleza visual de la que aparenta, llegamos, ya de vuelta, a la ciudad de Morón de la Frontera. Frondosas glorietas y una sucesión de grandes iglesias, algunas de gran belleza arquitectónica, alumbran la zona baja del pueblo, pues lo verdaderamente turístico, se encuentra a varios metros más de altura.

Morón de la Frontera

A pesar de su belleza, el Castillo Medieval de Morón se encuentra totalmete abandonado y repleto de residuosSubiendo por el paseo del Gallo, podemos observar pequeñas arquitecturas en las plazas, de fisionomía muy contemporánea, que nos hace sentir que no es ésta una localidad donde los vecinos se amontonen con el único fin de vivir. Las calles están arregladas y sus monumentos están bien protegidos ante el paso del tiempo, todos menos el más importante, el castillo medieval.

Pero antes de visitar la fortaleza, el final del paseo congratula a los visitantes con el mítico Gallo de Morón. Un pequeño parque desde donde podemos apreciar las mejores vistas de todo el viaje. Se observa perfectamente desde arriba la zona industrial del monumentado casco histórico. Coronando la plaza, la estatua del Gallo,  de pequeñas proporciones, que simboliza una antigua leyenda que provocó un desencuentro entre dos bandos de la localidad. Un gallo desplumado que hace honor al dicho “estás como el gallo de Morón, sin plumas y cacareando”. Pueden saber más sobre la leyenda en la propia web del Ayuntamiento moronense.

Tras visitar el parque, bajamos por una callecita estrecha, moderna, con antenas parabólicas, pero que tiene algo que nos traslada a la época medieval. Casi podemos ver a los musulmanes defendiendo con todas sus posesiones la fortaleza que los cristianos le robaron. Pero lejos de la realidad, y a pesar de estar declarado Bien de Interés Cultural, el castillo sufre un abandono total por parte del consistorio.

Para acceder a él tenemos que vivir una auténtica aventura, subiendo caminos de piedra que no son accesos reales, inventar senderos entre el abundante matorral que crece libre, destrozando un patrimonio histórico realmente sorprendente. Si el visitante se atreve a cruzar los parajes del castillo, con cuevas donde encuentras restos de un vecino, no un ermitaño precisamente, que tiene allí su vivienda a falta de un techo digno en el que dormir, podrá disfrutar de una experiencia muy particular.

El abandono del castillo nos permite sentirnos custodios en las torres vigías que se llenan de musgos. Incluso si obviamos las esperpénticas montañas de botellas de bebidas alcohólicas y cristales rotos, podemos incluso imaginarnos en el interior de una batalla medieval en el amplio terreno superior de la fortaleza. Una pena que los turistas no puedan visitar sus entrañas, pues las fotografías que desde allí pueden hacerse, con la Iglesia de San Miguel al fondo, son de concurso.

Hasta aquí nuestro viaje, tras una calurosa jornada por las arterias de nuestra Sevilla, las piernas pesan y el apetito se abre al caer la tarde. Sin duda, el patrimonio histórico que aguarda nuestra provincia, en los rincones más recónditos e inesperados, es espectacular. Al llegar a Sevilla, el cuentakilómetros marca 170, mucho menos que un viaje a una ciudad de las afueras de Andalucía. Tres mil años han pasado desde que nacieran las primeras localidades sevillanas, cientos de civilizaciones la han habitado desde entonces, dejando una huella para siempre imborrable en nuestro paisaje. Si ya han ido a la playa, no se olviden de disfrutar de él.

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Sobre el autor

Ángel Espínola

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